InicioColumnasExpresso: El canal en silencio y el dilema de los glifos

Expresso: El canal en silencio y el dilema de los glifos

Por Víctor Hernández Luna

Se toma uno el primer café del día… y si pone atención al vapor que sale de la taza, casi puede ver la forma de un glifo maya reclamando derechos de autor. Y es que, querido lector uno, hoy el ambiente no huele a mar, sino a tinta jurídica de la Tremenda Corte, perdón, Suprema, y a una nostalgia de esas que se venden en dólares. La noticia de que Grupo Xcaret amarra sus canoas a sus muelles, y suspende la Travesía Sagrada Maya ha dejado a más de uno con el remo al aire, la boca torcida y la ceja levantada.

La empresa, en un tono que casi arranca lágrimas, afirma que les duele profundamente suspender el evento. Hablan de 333 corazones valientes que se quedarán con las ganas de cruzar el canal hacia el santuario de la Diosa maya Ixchel. Pero seamos claros, ese dolor que ahora expresan no es solo espiritual, es de certidumbre jurídica. Porque tras el fallo de la Suprema Corte, que básicamente les dijo que la cultura maya no es una marca registrada de su propiedad, el gigante turístico prefirió bajar la cortina antes que arriesgarse a una demanda por cada penacho o cada frase en lengua originaria que usen en su publicidad.

Es irónico, por no decir sarcástico, que después de décadas de vender la experiencia maya como el producto estrella de su catálogo, hoy se den cuenta de que el piso está resbaloso, y que la corte haya volteado a ver ese tema, o que les hayan avisado. La Travesía, hay que reconocerlo, se convirtió en un evento que volteaba a ver a Cozumel. No era solo un rito, era una inyección de vida para la isla en fechas que antes eran muertas. Ver llegar las canoas desde la antigua Polé, o recibirlas en nuestras costas isleñas esa una experiencia mística que le gusta al turista y a los locales. Ahora, nos quedamos con el horizonte vacío y una pregunta en el aire: ¿De verdad no pudieron sentarse a negociar con los dueños reales de esa cultura antes de llegar al tribunal?

Mientras tanto, la gobernadora Mara Lezama hace lo que mejor sabe hacer: el equilibrismo político. Con una mano defiende la decisión de la Corte y con la otra abraza el desarrollo turístico. Dice que será respetuosa de los tres poderes y que defenderá nuestra la cultura maya.

Es un discurso impecable, pero que deja a los empresarios locales con los dedos en la puerta. Porque mientras se inauguran «Caminos Ancestrales» en Felipe Carrillo Puerto con murales preciosos, aquí en la zona norte el sector empresarial, ante la decisión de la corte, se pregunta si mañana tendrán que quitarle el nombre de Maya a sus hoteles, a sus spas de 200 dólares la sesión o a sus Mayan Burgers con extra de queso. Defender la cultura es necesario, sí, pero el diablo, como siempre, está en los detalles de la implementación.

Tostón Filosofal

Aquí es donde la realidad supera a la ficción. Si el fallo de la Corte es la vara con la que se medirá la apropiación cultural, prepárense, porque la caja de Pandora ya se abrió y no hay vuelta atrás.

¿Se imagina usted a la Selección Nacional de Fútbol teniendo que pagar regalías por usar patrones de guerreros águila en su camiseta? ¿O a las grandes marcas de harina y cerveza que han hecho del Calendario Azteca su logotipo personal durante un siglo? La ironía es de antología, porque bajo esta lógica, hasta las legendarias cobijas de tigre (esas que traen la pirámide de Teotihuacán) podrían ser objeto de un embargo por uso indebido de patrimonio.

Estamos a nada de que se inventen una «Policía de la Identidad» que no tendría manos suficientes para auditar cada playera, cada cenicero y cada souvenir que se vende desde Tijuana hasta Cozumel. Es un acto de justicia, sí, pero que en la práctica nos mete en un laberinto donde lo típico se vuelve un riesgo legal.

Lo de Xcaret es solo la punta del iceberg de un país que quiere proteger su pasado pero que ya lo tiene tatuado en cada marca comercial. Ojalá que en el afán de poner orden, no terminemos borrando el nombre de lo que nos hace únicos.

Yo me pregunto, ¿A qué hora el Tren Maya cambiará su nombre por «Transporte Ferroviario de la Península» para no pagar derechos? Ah, no, perdón, se me olvidaba que entre parientes políticos no se cobran regalías.

Termine su café, que mientras discutimos de quién es el glifo, el mar sigue ahí, esperando a que alguien vuelva a remar con respeto hacia la veneración de la Diosa Ixchel. ¿Usted cree que habrá tiempo de registrar cada pirámide antes de que nos quedemos sin suvenirs?

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Por Víctor Hernández Luna

Se toma uno el primer café del día… y si pone atención al vapor que sale de la taza, casi puede ver la forma de un glifo maya reclamando derechos de autor. Y es que, querido lector uno, hoy el ambiente no huele a mar, sino a tinta jurídica de la Tremenda Corte, perdón, Suprema, y a una nostalgia de esas que se venden en dólares. La noticia de que Grupo Xcaret amarra sus canoas a sus muelles, y suspende la Travesía Sagrada Maya ha dejado a más de uno con el remo al aire, la boca torcida y la ceja levantada.

La empresa, en un tono que casi arranca lágrimas, afirma que les duele profundamente suspender el evento. Hablan de 333 corazones valientes que se quedarán con las ganas de cruzar el canal hacia el santuario de la Diosa maya Ixchel. Pero seamos claros, ese dolor que ahora expresan no es solo espiritual, es de certidumbre jurídica. Porque tras el fallo de la Suprema Corte, que básicamente les dijo que la cultura maya no es una marca registrada de su propiedad, el gigante turístico prefirió bajar la cortina antes que arriesgarse a una demanda por cada penacho o cada frase en lengua originaria que usen en su publicidad.

Es irónico, por no decir sarcástico, que después de décadas de vender la experiencia maya como el producto estrella de su catálogo, hoy se den cuenta de que el piso está resbaloso, y que la corte haya volteado a ver ese tema, o que les hayan avisado. La Travesía, hay que reconocerlo, se convirtió en un evento que volteaba a ver a Cozumel. No era solo un rito, era una inyección de vida para la isla en fechas que antes eran muertas. Ver llegar las canoas desde la antigua Polé, o recibirlas en nuestras costas isleñas esa una experiencia mística que le gusta al turista y a los locales. Ahora, nos quedamos con el horizonte vacío y una pregunta en el aire: ¿De verdad no pudieron sentarse a negociar con los dueños reales de esa cultura antes de llegar al tribunal?

Mientras tanto, la gobernadora Mara Lezama hace lo que mejor sabe hacer: el equilibrismo político. Con una mano defiende la decisión de la Corte y con la otra abraza el desarrollo turístico. Dice que será respetuosa de los tres poderes y que defenderá nuestra la cultura maya.

Es un discurso impecable, pero que deja a los empresarios locales con los dedos en la puerta. Porque mientras se inauguran «Caminos Ancestrales» en Felipe Carrillo Puerto con murales preciosos, aquí en la zona norte el sector empresarial, ante la decisión de la corte, se pregunta si mañana tendrán que quitarle el nombre de Maya a sus hoteles, a sus spas de 200 dólares la sesión o a sus Mayan Burgers con extra de queso. Defender la cultura es necesario, sí, pero el diablo, como siempre, está en los detalles de la implementación.

Tostón Filosofal

Aquí es donde la realidad supera a la ficción. Si el fallo de la Corte es la vara con la que se medirá la apropiación cultural, prepárense, porque la caja de Pandora ya se abrió y no hay vuelta atrás.

¿Se imagina usted a la Selección Nacional de Fútbol teniendo que pagar regalías por usar patrones de guerreros águila en su camiseta? ¿O a las grandes marcas de harina y cerveza que han hecho del Calendario Azteca su logotipo personal durante un siglo? La ironía es de antología, porque bajo esta lógica, hasta las legendarias cobijas de tigre (esas que traen la pirámide de Teotihuacán) podrían ser objeto de un embargo por uso indebido de patrimonio.

Estamos a nada de que se inventen una «Policía de la Identidad» que no tendría manos suficientes para auditar cada playera, cada cenicero y cada souvenir que se vende desde Tijuana hasta Cozumel. Es un acto de justicia, sí, pero que en la práctica nos mete en un laberinto donde lo típico se vuelve un riesgo legal.

Lo de Xcaret es solo la punta del iceberg de un país que quiere proteger su pasado pero que ya lo tiene tatuado en cada marca comercial. Ojalá que en el afán de poner orden, no terminemos borrando el nombre de lo que nos hace únicos.

Yo me pregunto, ¿A qué hora el Tren Maya cambiará su nombre por «Transporte Ferroviario de la Península» para no pagar derechos? Ah, no, perdón, se me olvidaba que entre parientes políticos no se cobran regalías.

Termine su café, que mientras discutimos de quién es el glifo, el mar sigue ahí, esperando a que alguien vuelva a remar con respeto hacia la veneración de la Diosa Ixchel. ¿Usted cree que habrá tiempo de registrar cada pirámide antes de que nos quedemos sin suvenirs?

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