Por Víctor Hernández Luna
El PRI, ese partido que parece más museo que fuerza política, decidió salir y reunirse la semana pasada en un restaurante del malecón. La vieja guardia se juntó como si fueran veteranos de guerra recordando batallas que ya nadie quiere repetir. Ahí estaban los de siempre, con la esperanza de que la nostalgia sea suficiente para revivir un cadáver político. Spoiler alert: no lo es. El PRI sigue siendo ese paciente conectado a respirador que cree que con discursos de sobremesa puede volver a gobernar.
El problema es que la juventud no está para activar a sus similares. Durante años el partido ignoró al sector juvenil, y ahora la factura les llegó: poca, muy poca participación, incluso en coalición con el PAN. Ana Arana y Luis Espinoza “Chabelo” se sacaron la rifa del tigre, con el compromiso de intentar rescatar a un partido que estuvo cerrado literalmente, al grado de que ni luz tenía. Ahora les toca ver si pueden recuperar al menos un poco de gloria, aunque la brecha generacional es tan grande que necesitarán más que discursos y cafés para recorrer ese trecho.
En el Partido Verde, la cosa se puso maquiavélica. Marco Antonio Mendoza “Chacho” fue víctima de la guerra sucia digital, en su cargo dentro de la AGEPRO: lo funaron en redes sociales sin preguntar, sin indagar, sin pruebas, como si la política local fuera un concurso de “a ver quién inventa el chisme más rápido”. Todo apunta a que alguien quiere un lugar en la dirigencia y pensó que la mejor estrategia era aventar lodo. Al final, como suele pasar, el escándalo se desinfló y quedó en un malentendido. Pero ojo, esto apenas empieza: el proceso electoral viene con más golpes bajos que un ring de boxeo, y se vislumbra como en un todos contra todos.
Del PAN… bueno, ¿qué decir? El partido parece un fantasma que ni siquiera asusta. No se sabe si hay movimiento interno, si respiran o si ya se convirtieron en mito urbano. La ironía es que, en plena cercanía a la efervescencia política, el PAN es el único que logra pasar desapercibido.
Y mientras los partidos juegan a la política, en las carreteras de Cozumel se juega la vida de la fauna. Tres coatíes —una familia completa— fueron atropellados en la curva de Punta Sur. Una escena que ya no sorprende, porque aquí la imprudencia al volante es deporte nacional. ¿Qué más hace falta para que entendamos que estamos destruyendo lo que nos da identidad y atractivo? La ironía es brutal: presumimos al mundo nuestra riqueza natural, mientras aquí mismo la aplastamos bajo las llantas.
Conductores, neta, si no pueden respetar la vida silvestre, vayan a molestar a su progenitora. Porque seguir matando fauna en una isla que vive del turismo es como defecar en el plato donde se come. Y sí, lo digo con todas sus letras: Cozumel no merece conductores que conviertan sus carreteras en cementerios de animales.












